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Valencia en Fallas

20 marzo, 2016
Petardos de una mascletá

Es difícil explicar qué son las Fallas. Qué significan para los valencianos. Y no me refiero al sentimiento más fallero, al sentimiento de valencianía más antiguo. Me refiero a esa sensación, tan difícil de describir con palabras, que sentimos al oler la pólvora, al escuchar el himno o al ponernos nuestra primera camiseta de manga corta del año y estrenar gafas de sol para ir a ver la mascletà.

He visto a los más ateos del mundo llorar frente a la imagen de la Virgen de los desamparados, la Geperudeta, cubierta de flores tras la ofrenda. He visto a niñas sentirse más princesas que cenicienta con su traje de fallera, que no disfraz. He visto a gente llorar de emoción y también de pánico ante la explosión de un masclet en medio de la calle. He visto reacciones de todo tipo.

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Recuerdo cada año el sabor de los sabrosos buñuelos de calabaza de Fabián o Santa Catalina. O incluso el de los más grasientos que venden por la calle. Y por supuesto el de las paellas a la leña que, en estas fechas, se hacen por la noche, en las calles y con amigos.

Nunca he gritado tan alto “Chiquillaaaa” como en las verbenas falleras, que ahora cierran antes pero que hace unos años se alargaban hasta el amanecer y que sí, eso es cierto, dejan en vela a media ciudad. Porque en Fallas Valencia se paraliza. No, no hay un recinto ferial ni nada que se le parezca. Valencia -durante una semana- se vuelve prácticamente peatonal y si decides coger el coche tendrás que sortear más de un pasacalle, una banda de música o unos cuantos “si no pita no pasa”.

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Los borrachos en Valencia poco tienen que ver con el alcohol, aunque también. De esos hay en todas las fiestas. Pero en Fallas -sobre todo cuando vas teniendo una edad- casi disfrutas más de los planes diurnos. Empezando por la mascletà, todos los días a las dos de la tarde en la Plaza del Ayuntamiento. Siempre lo más cerca posible y hacia el final, donde suena más fuerte. Y de ahí… hasta el fin del mundo.

Y sí, quemamos cosas. Quemamos grandiosas obras de arte de madera y cartón que adornan cada esquina de la ciudad. Las Fallas. Unas más pequeñas y otras más grandes, algunas con precios desorbitados y otras más modestas, pero todas con gracia e ingenio.

Críticas. Ácidas. Preciosas.

 

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Fueron los carpinteros los que empezaron con la tradición. La víspera de San José –su patrón- limpiaban sus talleres quemando los trastos viejos y sobrantes. Así con una hoguera purificadora, daban la bienvenida a la primavera y dejaban atrás todo lo malo para empezar con buen pie la nueva estación.

Borrón y cuenta nueva. Así terminan las Fallas. Con el fuego. Y así empiezan las del año que viene. Con la ilusión de 365 días por delante llenos de trabajo. Pensando ya en las próximas fiestas. Pensando en volver a casa cuando llega el calor y la primavera. 

Estamos algo locos, lo sé, pero “una vez al año es lícito hacer locuras”.

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