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Road trip por Irlanda

30 marzo, 2016
Retrovisor en Irlanda

Recorrer Irlanda en coche es perderse por pequeños caminos serpenteantes, rodear castillos de cuento y bordear sus preciosos acantilados. Una vez superado el miedo a conducir por la izquierda, lo mejor es lanzarse a la aventura.

Hay muchas rutas distintas y si tenéis tiempo podéis atravesar el país de punta a punta. Pero si solo contáis con unos días, no hay problema, aquí os contamos cómo pasar un buen fin de semana –al volante- en la Isla Esmeralda. Si voláis a Dublín podéis alquilar el coche en el propio aeropuerto. Eso sí, mejor si no es muy grande porque algunas carreteras son bastante estrechas.

Nosotros llegamos muy tarde así que decidimos parar por el camino en un Bed and Breakfast y haciendo honor a su nombre, dormimos como niños y disfrutamos de un delicioso desayuno irlandés que nos dio fuerza para todo el viaje, desde los Cliffs of Moher hasta Galway y luego de vuelta a la capital.

Primera parada: Cliffs of Moher

Los Acantilados de la Locura en la película La Princesa Prometida –a algo más de tres horas de Dublín- son espectaculares, enormes. Tuvimos la suerte de disfrutar de un día precioso, soleado y no demasiado frio. El viento puede ser muy fuerte a esa altura así que mejor mirar la previsión. En su propia página web –donde podéis comprar las entradas con un 10% de descuento- te avisan de las condiciones meteorológicas.

Para pequeños exploradores, también hay rutas desde los pueblos colindantes que bordean los acantilados entre campos llenos de vacas y ovejas.

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Doolin, la capital de la música tradicional irlandesa

Pequeño pueblo costero a orillas del río Aille y muy cerca de los acantilados. Conocido como “la capital de la música tradicional irlandesa” es un buen sitio para dar un paseo, descubrir nuevos instrumentos en su particular tienda de música, brindar con una pinta en alguno de sus tres pubs o tomar una sopa caliente en el famoso O’Connors. Nosotros pedimos uno de los platos del día y luego disfrutamos de un delicioso café en la terraza de una pastelería cercana.

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Kilómetros y kilómetros de costa

Lo mejor del viaje, sin duda, son las imágenes que te va dejando la carretera. En concreto la 477. Estrechos caminos de doble sentido por los que conducir despacio y disfrutar de las vistas hasta llegar a la zona de Burren, traducido literalmente como “lugar pedregoso”. Allí el paisaje es muy peculiar. La dureza de sus colinas de piedra caliza, atravesada por grietas, contrasta con el fuerte azul del océano.

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Nuestro consejo… Aparcad el coche donde podáis y relajaos durante horas sentados en las rocas mirando el horizonte.

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Un baño para valientes

Poco antes de llegar al Black Head Lighthouse os espera una gran playa donde surfear o daros un baño, si el tiempo y la temperatura del agua lo permiten. En Fanore Beach los niños -vestidos con neopreno o chaquetas de punto y bañador- cavan grandes hoyos en la arena mientras sus padres disfrutan de la marea baja.

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Noche mágica en Kinvara

La noche del sábado la podéis pasar, como nosotros, en el pueblo de Kinvara. Nada más llegar tuvimos que ir al supermercado a recoger las llaves de la habitación del Bed and Breakfast. La dueña del Fallon’s -una mujer encantadora- tenía una boda ese día pero hizo todo lo posible para que pudiéramos pasar la noche en su discreto hotelito. Muy recomendable y con un desayuno muy rico y servido con todo el cariño del mundo.

Simplemente buscábamos un sitio donde descansar tras un largo día de carretera pero sus casitas de colores, su puerto con vistas al castillo Dunguaire y sus numerosos locales donde comer o tomar una pinta son una gran tentación.

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Habíamos leído que el pub M.Green era conocido por sus noches de música country y decidimos comprobarlo en primera persona. Al llegar, un grupo de hombres -bastante mayores- preparaban sus guitarras sentados en una de las mesas del bar como en una reunión de amigos. Entre ellos, uno nos llamó poderosamente la atención. La gente le saludaba con admiración y al cantar todos seguían sus ordenes y consejos. Embelesados por las canciones y ese misterioso señor de voz grave, las pintas empezaron a multiplicarse en la mesa. Con la valentía de unas cuantas Guinness, Gonzalo preguntó si podría tocar uno de sus temas, el hombre asintió con la cabeza, le dejó su guitarra y el público guardó silencio hasta el fuerte aplauso final. Fue un momento mágico.

Al salir todo el mundo nos decía ¿pero nos sabéis quién es él? Es John Prine, un famosísimo cantautor de country y folk estadounidense, ganador de varios premios Grammy, que todos los veranos busca un hueco para pasar unos días en Kinvara. Desde entonces estamos enamorados de este pueblo y por lo visto no somos los únicos.

Galway y alrededores

El domingo decidimos descubrir Galway y comer algo antes de emprender el camino de vuelta. De ella dicen que es una ciudad bohemia, artística y con una gran vida nocturna. El ambiente que -pese al frío- hay en sus calles así lo demuestra.

Última parada: Malahide

Antes de volver a Dublín podéis hacer una última parada en Malahide para ver su castillo y descansar en el césped verde y esponjoso de sus jardines. Solo sus carreteras con vistas al mar ya merecen la pena.

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No os perdáis nuestro TOP 10 de sitios de Dublín y el artículo sobre músicos callejeros

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